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Por María Alejandra RaffinettiUna alternativa de consumo en la que se pueden adquirir bienes sin gastar
La Gratiferia, la feria más exitosa del planeta y a contramano del capitalismo
Publicado el 15 de Enero de 2012
Por María Alejandra Raffinetti
Un modelo creado por Ariel Rodríguez Bosio y que ya se replicó en otras partes del país y del mundo. Desde hace dos años funciona en varios lugares públicos, uno de ellos es el Parque Centenario, en el barrio porteño de Caballito.
Dar sin recibir algo a cambio. Un desafío al paradigma del acopio y el beneficio. El consumo colaborativo es una alternativa económica y sostenible, a través de la cual se puede acceder a una amplia gama de productos, sin que medie el ritual característico de la compra de una mercancía. Una lógica que se contrapone al comportamiento del sistema capitalista, donde el ciclo de vida de los bienes es cada vez más corto. Tener, usar y descartar. Y luego, la rueda vuelve a girar. Dentro de este sistema, existen alternativas que buscan marcar una diferencia. Los verbos compartir, cooperar y solidarizar son la clave. Un fenómeno que se da a nivel mundial, y la Argentina ya tiene su exponente.
La Gratiferia, fundada por Ariel Rodríguez Bosio –técnico universitario en Evaluación Ambiental– tiene como lema: “Traé lo que quieras (o nada) y llevate lo que quieras (o nada)”. Ninguna persona, que esté interesada en participar, debe llevar un objeto para ganarse el derecho a ser parte. Los segundos domingos de cada mes, se reúnen en el Parque Centenario, justo bajo el mástil. “La Gratiferia, como lo sugiere el nombre, es una feria gratis y la particularidad es que no hay una estrategia especulativa para sustentarnos. Es algo que se replica por el simple altruismo”, dice Ariel. En la feria se puede encontrar ropa, juguetes, libros, comida, muebles, herramientas e, incluso, se dictan talleres de todo tipo. “Las cosas están ahí, te las podés llevar. De pronto, llega algo que es valorado por la sociedad porque es caro, y las personas lo miran fijamente como quien está al borde de un trampolín y duda de si se tira o no se tira. Si lo agarra o no lo agarra. Está buenísimo que eso pase porque generamos algo nuevo.”
Este movimiento nació en la casa de Ariel, hace más de dos años. “Empecé a vivir sin dinero y a recuperar los alimentos que normalmente se tiran. También encontré ropa en buen estado y comencé a usarla. Después de un par de meses, me di cuenta que ya ni utilizaba mis cosas. Ese día, fui a mi escuela de artes marciales y puse a disposición de mis alumnos todo lo que tenía.” Vivir sin dinero llevó a que Ariel debiera cerrar su instituto y desde ese entonces sobrevive gracias a lo que él llama como la providencia. Y aclara: “No tengo miedo a que me falte mañana porque desde chico supe que el dinero y las cosas no hacen a la felicidad. Al principio, andaba descalzo, estaba pelado y tenía una barba larga. Pero gracias a un festival que organicé en una ecoaldea, en el que vinieron cerca de 150 personas, me di cuenta de que había gente a la que no le llegaba. Entonces, me saqué la barba y me puse un calzado. Para mí, vale más el mensaje. Siento que ni mi vida pesa más que hacer el bien.”
Ariel sostiene que, desde su movimiento, siembran la conciencia de adquirir sólo lo que se necesita y no por el mero acto de acumular. “En la primera feria que hice en mi casa, ofrecí un volumen de cosas y cerré con un 50% más. Luego, fuimos a varios centros culturales, clubes, hasta que un día terminamos en el barrio boliviano, en Liniers, y fue todo una explosión. Ahí nos dimos cuenta de que el sitio natural de la Gratiferia son los lugares públicos. Así comenzó a replicarse, y hoy se hace en toda la Argentina, y en otras partes del mundo”, asegura. Una manera de administrar la abundancia y atacar la ilusión de la escasez.
El espacio en Parque Centenario lo ganaron a fuerza de emplear su propia filosofía. “La primera vez que vinimos nos pusimos alrededor del mástil, pero otros feriantes nos dijeron que no podíamos permanecer ahí porque les pertenecía a ellos.” Para evitar conflictos, se corrieron un poco más hacia la calle. “Pero ahí vinieron los que están en la periférica –aquellos que se ganan el espacio a fuerza de resistir a la policía– y nos patotearon. Ante ese gesto, les pregunté por qué vendían mercadería, y me contestaron: ‘Para poder comprar comida’. Les aclaré que teníamos alimentos para dar y que se los podían llevar de manera gratuita. Inmediatamente agregaron que también vendían para poder comprarse ropa. Entonces, les ofrecí las prendas que teníamos. Sin entender nada, se fueron y nunca más nos molestaron.”
En la Gratiferia, todo fluye en armonía. Los puestos son sencillos y se delimitan a través de mantas que se tienden en el piso, donde colocan los objetos que se disponen a entregar. La feria funciona desde el mediodía hasta que cae el sol, cerca de las 8 de la noche. En los diferentes puestos, los feriantes se muestran predispuestos a entablar diálogo con las personas que pasan a su alrededor. Mientras algunos intercambian anécdotas o recetas veganas, otros comparten frutas de las más variadas. “Sembramos la intención de relacionarnos desde la cooperación y no desde la competencia”, comenta uno de los miembros.
Entre las personas que visitan la feria por primera vez, la incógnita está en cómo alguien se va a llevar algo sin tener que pagar o dar algo en retribución. “¿De verdad es gratis?”, “¿Cuánto es?”, “¿Tengo que traer algo a cambio?” Son algunas de las preguntas más frecuentes. Y la respuesta es siempre la misma: “Es a cambio de nada. El fin es compartir. Incluso, si alguien quisiera llevarse todo, está bien. Si yo lo estoy dando, cuál es mi ganancia de elegir a quién se lo voy a dar. Lo que hago es liberarme del concepto de propiedad privada.” La única estrategia es dar. El objetivo es concreto, pero pareciera costar comprenderlo. “Hace un tiempo me entrevistaron de una radio de Miami y, al final, el periodista me dice: ‘Ojalá que funcione. Pienso que la gente va a ir temprano a llevarse la mejor campera’. No entendí su comentario. Si me eligieron para hacer una nota, es porque claramente esto funciona. La Gratiferia es la feria más exitosa del planeta.”
Cuando Ariel llegó al parque en una bicicleta, colgaba en la parte trasera una bandera estampada con el símbolo de la paz. Tres círculos rojos, que representan todas las ciencias, las espiritualidades y las artes, agrupados en una circunferencia mayor que simboliza la cultura. Todo sobre un fondo blanco que alude a la conciencia. “Donde hay paz, hay cultura. Donde hay cultura, hay paz.” Estas palabras le pertenecen al artista y escritor ruso Nicholas Roerich, creador de la respectiva bandera. Sin dudas, la Gratiferia es parte de esa cultura.
El consumo colaborativo es un fenómeno relativamente nuevo cuyo futuro es una incógnita. Lo cierto es que, hasta el momento, son expresiones de solidaridad que nacen de la vinculación entre personas que constituyen una comunidad y se sustentan en el principio de igualdad. Así, como distinguió el escritor uruguayo Eduardo Galeano: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.” Las experiencias de consumo colaborativo son variadas y cada una tiene su particularidad, pero lo que las reúne –más allá de constituirse como una nueva forma de consumo– es la voluntad de las personas de compartir de manera desinteresada. Son modelos basados en la construcción de confianza. Para la revista Time, el consumo colaborativo es una de las diez ideas que van a modificar el mundo.
En un sistema donde el cambio es la única constante, si el fenómeno del consumo colaborativo quedará reducido a una simple moda o se convertirá en tendencia, es un misterio. Lo único cierto es que, en materia de solidaridad, el horizonte es infinito.